"¡Es la tercera vez en
este mes, Irán! ¿Cuántas más? ¿Quieres que te encierren y te obliguen a
comer?"
Hace tres años que mis papás
me dijeron eso antes de desvanecerme sobre una de las sillas de la cocina.
Habíamos regresado de un restaurante, festejando el cumpleaños de mi abuela, y
yo, como siempre, no quise comer nada. Ni siquiera lo intenté y salí a caminar
cerca de la laguna que adorna el lugar.
Es fastidioso que todos en
la mesa me observen y opinen sobre mi condición: ellos no me mantienen y no
deberían aportar el más mínimo comentario sobre si estoy muy delgada, o pálida,
o si la gimnasia me está orillando a tener malos hábitos. Nadie se imagina cuán
difícil es mantener el equilibrio sobre el caballo o tener un aterrizaje
perfecto luego de un mortal.
Me aterra volver a subir de
peso y soportar los ataques contra mi figura. Ya no más, primero me muero. Es
más fácil saber que estoy enferma y que mi costumbre de no desayunar, comer una
fruta y media taza de verdura, y cenar té de doce flores para dormir, será
aplaudida porque así no voy a ser obesa ni rechazada por esta maldita sociedad.
Hace tres años yo pude haberme
salvado. Tuve la oportunidad de aceptar que mi familia me ayudara, pero no lo
hice. Es más fácil "vivir" delgada en un país de gente con sobrepeso,
llorar en silencio, soportar insomnio, pesadillas, negar que muero de hambre y,
lo peor, ver que mi familia sufre junto conmigo sin poder hacer nada. Porque no,
nadie lo entiende, ni siquiera ellos.
Hace tres años hubiera
podido hacer algo, hoy ya no. Hoy sólo queda esperar y tengo hambre, pero mi
cuerpo no lo acepta... ¿de qué sirve que mi mente ya se haya dado cuenta?
Tema: Polémico.
Autor: Sauce Llorón
No hay comentarios:
Publicar un comentario