lunes, 27 de enero de 2014

Sin salida

"¡Es la tercera vez en este mes, Irán! ¿Cuántas más? ¿Quieres que te encierren y te obliguen a comer?"
Hace tres años que mis papás me dijeron eso antes de desvanecerme sobre una de las sillas de la cocina. Habíamos regresado de un restaurante, festejando el cumpleaños de mi abuela, y yo, como siempre, no quise comer nada. Ni siquiera lo intenté y salí a caminar cerca de la laguna que adorna el lugar.
Es fastidioso que todos en la mesa me observen y opinen sobre mi condición: ellos no me mantienen y no deberían aportar el más mínimo comentario sobre si estoy muy delgada, o pálida, o si la gimnasia me está orillando a tener malos hábitos. Nadie se imagina cuán difícil es mantener el equilibrio sobre el caballo o tener un aterrizaje perfecto luego de un mortal.
Me aterra volver a subir de peso y soportar los ataques contra mi figura. Ya no más, primero me muero. Es más fácil saber que estoy enferma y que mi costumbre de no desayunar, comer una fruta y media taza de verdura, y cenar té de doce flores para dormir, será aplaudida porque así no voy a ser obesa ni rechazada por esta maldita sociedad.
Hace tres años yo pude haberme salvado. Tuve la oportunidad de aceptar que mi familia me ayudara, pero no lo hice. Es más fácil "vivir" delgada en un país de gente con sobrepeso, llorar en silencio, soportar insomnio, pesadillas, negar que muero de hambre y, lo peor, ver que mi familia sufre junto conmigo sin poder hacer nada. Porque no, nadie lo entiende, ni siquiera ellos.
Hace tres años hubiera podido hacer algo, hoy ya no. Hoy sólo queda esperar y tengo hambre, pero mi cuerpo no lo acepta... ¿de qué sirve que mi mente ya se haya dado cuenta?


Tema: Polémico. 

Autor: Sauce Llorón

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