Urcono
Abrí los ojos y pareciera como si el simple hecho de moverme
fuera toda una proeza, mis manos estaban ensangrentadas y llenas de marcas, no
entendía lo que pasaba y entonces quise recordar lo que había sucedido. Pero mi
mente estaba en blanco. En cuanto pude levantarme, me di cuenta de que las
cosas estaban realmente mal: me encontraba en un sitio con luces tenues,
iluminando lo que parecía los límites de una pesadilla, cubierto de grandes
cruces con gente clavada en ellas y observándome con desesperación, con el
conocimiento de haber cometido el más grande error con el simple hecho de
intentar moverse.
De sus cuerpos brotaba su esencia y pareciera que gritaran,
pero nadie decía nada. Corrí buscando una puerta. Sólo veía más y más restos de
aquellas enormes construcciones llenas de personas sufriendo. Me acerque a una,
tratando de preguntar qué era lo que acontecía. Me vio con un tórrido terror,
intento gritar, pero cuando abrió la boca, ésta estaba vacía. Asustado, caí
hacia atrás y retrocedí hasta que sentí algo húmedo y viscoso en mis manos. Me
di cuenta de que eran sus lenguas. Todos ellos me observaban dando gritos
mudos. Me reincorporé y con todas mis fuerzas intenté pedir auxilio.
Desesperado, empecé a abofetearme para despertar, pero nadie vino ayudarme y yo
no salí de esta pesadilla que apenas iniciaba.
Cuando el horror me empezaba a consumir, escuche una voz
lejana, la cual, tranquilamente me decía que me callara, poco a poco fui
guardando silencio. En el momento en que éste se hizo sepulcral, aquella voz
empezó a hablar: me dijo que no había salida de ese lugar, que por más esfuerzo
que realizara, no encontraría nadie que me ayudara. Esa temible y ronca voz se
rió a carcajadas de mí. Un escalofrió pasó, y lo único que quedó en mi cabeza
fue mi muerte.
Poco a poco fui guardando la compostura y resignándome.
Necesitaba liberar a aquellas personas que estaban atadas, pero por alguna
extraña razón, disfrutaba su dolor, ya que yo no sufría en ese momento.
Entonces hice lo que realizaba todas las noches en automático: hincarme a
rezar. Extrañamente, recordé muchas oraciones, pero ninguna de ellas me
explicaba por qué disfrutaba del dolor. Esa voz, como si leyera mi mente, me
dijo:
"Las personas miserables necesitan que existan personas
más miserables que ellas para sentirse felices."
Me poseyó un temblor incontrolable. Mi mente gritaba: ¿En
qué estoy pensando? y ¡Quién carajos es este sujeto! Más desesperado aún,
empecé a correr a toda velocidad, pero en todas direcciones me encontraba con
una pared, y veía esos rostros llenos de dolor. Conforme más me cansaba, más me
reía y disfrutaba de la escena; mi cordura estaba llegando a su límite y no
sabía que más hacer para mantener el hilo de la razón.
Me detuve, cerré los ojos y respiré profundamente. Empecé a
sentir familiar y cálida esa ronca y temible voz, la cual con un solo discurso
me devolvió la cordura:
"Los humanos
siempre están hablando sobre los sentimientos. Es como si los tuvieran en sus
manos. Pero mi ojo lo ve todo. Nada puede escaparse de él. Lo que no vemos no
existe. Así es como siempre he luchado. ¿Qué es el alma? Si te abro el pecho
¿la podre ver? Si te rompo el cráneo ¿lo encontraré ahí? ¿al igual que tu fe?
En este momento te has quedado mudo. Ninguno de los que sufren en esta
habitación puede responder, ellos por no tener lengua y tú por no tener valor.
Todas las criaturas
son incapaces de sobrevivir sin alguien en quien confiar y obedecer. Para
escapar de esa presión, aquellos que son superiores a otros, buscan a personas
aún más fuertes en las que creer. Así es como nacen los reyes y así es como
nace.... dios, producto de nuestra desesperación.
Es por ello que los
más fuertes afilan sus colmillos otorgando fe a quien lo va perdiendo todo,
siendo esclavos mismos de su libertad. Aún los más grandes luchadores siempre
han terminado en la tumba, con la esperanza de alcanzar el cielo cristiano, en
el cual no sentirán dolor y podrán obtener lo que merecen, un título absurdo de
mártires.
Disfrutas el observar
todo esto ¿no? Cada uno ha sido preso del pecado capital de ser humano y eso
nos ha otorgado una membresía exclusiva a quemarnos en el infierno y a pasar
toda una vida de arrepentimiento, pero es absurdo. Si somos capaces de crear
estos conceptos, también somos capaces de salvarnos de ellos. Imponernos el
castigo ejemplar para hacer lo que pensamos es el motivo de nuestra existencia:
el sufrimiento. También déjame decirte que los aquí presentes están obteniendo
lo que desean y en este momento tú te convertiste en su salvador, ya que eres
el único motivo que los separa de una muerte de constante purga.
Ni todos los rezos, ni
todas las limosnas, ni toda la fe, los ha salvado. Difícilmente serán
reconocidos, ya que no han otorgado su vida al poder humano, aquel en el que
los superiores deciden quien debe comer.
Cada quien obtiene lo
que quiere, y tú serás el que disfrute enviándolos a su más grande sueño. Ésa
es la tarea que se te ha encomendado. Aún cuando el supuesto más noble clérigo
te violaba, no perdiste la cordura, y escuchaste esta voz que se te otorgó,
diciéndote que tú debías poner fin al dolor sin olvidar el sufrimiento que
convierte a los héroes… “
Fue ahí donde comprendí tres cosas: la primera, que esa voz
estaba dentro de mi cabeza; la segunda, lo que tenía que hacer; y la tercera:
que por ese instante yo era Dios.