sábado, 30 de julio de 2016

De experiencia y tesoros escondidos


gremlin

Duerme entre olor a papel y polvo. En los escasos momentos en que lo despiertan, cuando cree que podrá ser útil de nuevo, le invaden la excitación y la alegría de siempre: esas ganas de aportar su experiencia, de abrir su alma en los sitios que su cuerpo sabe de memoria que son los más buscados.
Cuando era joven, fue admirado, consultado, querido y atesorado; muchos esperaban con paciencia poder nutrirse de su saber. Fueron días de fiesta y bonanza. Días de sentir que podía ser él mismo y darse a los demás sin restricciones, de compartir su esencia sabiendo que sería bienvenida, apreciada, querida.
A últimas fechas, esa emoción se extingue casi de inmediato, cuando quien lo despertó decide que se equivocó, que hay otros más adecuados a su búsqueda, o que su cuerpo ya es demasiado viejo para estar a la altura de los tiempos, y lo cambie por otro que a su juicio sea mejor, o más joven y actual. Otros ya ni siquiera se molestan en buscarlo.
 Antes de que la depresión lo invada del todo cuando la emoción se apaga, prefiere dormitar de nuevo, sereno, reposado, tranquilo. Espera que el día que llegue su muerte, ésta sea algo parecido a este descanso en el tiempo.
Sueña que llega alguien, y ese alguien se emociona al encontrar dentro de él todo lo que guarda para ser dado a otros, y puede contemplar de nuevo la emoción en los ojos que lo hacen sentirse joven y vivir otra vez, muchas veces, todas como si fuera la primera. Alguien que no lo cambiará por otro…

Nadie sabe si a la larga este viejo libro morirá, o será honrado y cuidado para siempre, transformado en uno de esos raros ejemplares de colección. 


Primer recuerdo

Azkre K.

Vuelve a mí la remembranza de hace algunos años, en mi juventud, de aquel día de primavera: me encontraba sentado a la sombra de una higuera, al cuidado de una fresca brisa. Mi mirada se enfocó en una multitud de personas que pasaban cerca de mí. Llamo mi atención una joven de paso alegre entre todas las demás. En ese momento traté de preservar –cual flor de eléboro-, la sensación que recorrió mi ser. Esto suscitó la inspiración para escribir algunos versos a su salud; el resultado fue flojo y digno de un principiante.
Hoy encontré aquel poema sin estructura y decidí regresar a aquel lugar. Revivir mis recuerdos nostálgicos; por ello heme aquí de nuevo, recostado bajo la sombra ya decaída de un viejo árbol -no tan verde ahora-, intentando reescribir aquel poema.
Escribo por placer y para pasar el rato. El sol se oculta tras las colinas; me deja solo con mis recuerdos y unos versos sin forma, que dibujan una sonrisa en mi rostro.
Ya sin otra luz más que la de la luna, resuelvo enrollar el testimonio de mi recuerdo.  Lo coloco en un pequeño hoyo dentro del tronco, hasta mi regreso, cuando pueda volver a moldearlo y por fin hacerlo nacer.

-          Hasta entonces cuida bien de él –dije al árbol de higos-, fiel testigo de mi fortuna fragmentada.


De canciones y criaturas

L

Nacimos durante la primera nevada de invierno, con el primer rayo de luz que atravesó las frondosas ramas de los árboles. Brotamos todas juntas, coloreando la sábana blanca que cubría el bosque. Mis hermanas eran bellísimas, todas iguales; por lo tanto, siempre asumí que yo lo era también. Nos elevamos juntas dejándonos llevar por los brazos del viento y descubrimos su sonido; casi de inmediato cantamos con él, pues éste era siempre claro y directo. En cambio los árboles eran celosos con su música, y sonaban suave, lento; no pasó mucho tiempo para que aprendiéramos las canciones de las flores, de los lagos, de los ríos, los sonidos de la tierra y de la lluvia. Después generamos nuestros propios sonidos, y los sonidos se convirtieron en ideas y nuestras ideas en  canciones, canciones que inundaban el bosque y atraían diversas criaturas. Ellas trajeron nuevos mensajes, ideas, visiones, con sonidos nuevos y emocionantes.
Los intereses de mis hermanas las llevaron a toda clase de lugares: con las agudas águilas más allá de las nubes, con los sensatos topos a lo más profundo de la tierra; conocieron la profundidad de los mares, el olvido del desierto, lugares de nevadas eternas, cráteres, montañas e islas. Algunas avanzaron tanto que se perdieron y ahora solo las recordamos en murmullos, pero yo siempre me quedé en mi bosque. Me sentía atada a él y a todos los seres que aparecían o lo habitaban. Siempre había algo nuevo que aprender.
Un día, en los límites del bosque, se levantó una criatura extraña, que se mantenía sobre dos patas. Los árboles comunicaron el peligro y quedaron mudos, las criaturas se  ocultaron y se hizo el silencio, pero yo, que siempre fui valiente como el viento, con cautela me acerqué a la criatura. Observé por días y semanas sus hábitos extraños, sus movimientos peculiares y su mirada incomprensible, perdida. En algún punto, impulsado por los susurros del viento, me acerqué a él. Al verme, su mirada saltó del miedo a la sorpresa y finalmente a la curiosidad Mis ojos estaban fijos en los suyos, conforme me acercaba, podía sentir nuestros latidos acelerarse, casi sincronizados. Me posé sobre sus labios y sentí el calor de su aliento, como una dulce brisa. De pronto, el calor se hizo luz, la luz dio paso a la oscuridad y mi cuerpo perdió su materialidad. El silencio inmenso del bosque se interrumpió por algo jamás escuchado, algo que el viento llamó palabra y desde entonces, la música del mundo no volvió a ser la misma.



viernes, 1 de agosto de 2014

El elegido

Urcono

Abrí los ojos y pareciera como si el simple hecho de moverme fuera toda una proeza, mis manos estaban ensangrentadas y llenas de marcas, no entendía lo que pasaba y entonces quise recordar lo que había sucedido. Pero mi mente estaba en blanco. En cuanto pude levantarme, me di cuenta de que las cosas estaban realmente mal: me encontraba en un sitio con luces tenues, iluminando lo que parecía los límites de una pesadilla, cubierto de grandes cruces con gente clavada en ellas y observándome con desesperación, con el conocimiento de haber cometido el más grande error con el simple hecho de intentar moverse.
De sus cuerpos brotaba su esencia y pareciera que gritaran, pero nadie decía nada. Corrí buscando una puerta. Sólo veía más y más restos de aquellas enormes construcciones llenas de personas sufriendo. Me acerque a una, tratando de preguntar qué era lo que acontecía. Me vio con un tórrido terror, intento gritar, pero cuando abrió la boca, ésta estaba vacía. Asustado, caí hacia atrás y retrocedí hasta que sentí algo húmedo y viscoso en mis manos. Me di cuenta de que eran sus lenguas. Todos ellos me observaban dando gritos mudos. Me reincorporé y con todas mis fuerzas intenté pedir auxilio. Desesperado, empecé a abofetearme para despertar, pero nadie vino ayudarme y yo no salí de esta pesadilla que apenas iniciaba.
Cuando el horror me empezaba a consumir, escuche una voz lejana, la cual, tranquilamente me decía que me callara, poco a poco fui guardando silencio. En el momento en que éste se hizo sepulcral, aquella voz empezó a hablar: me dijo que no había salida de ese lugar, que por más esfuerzo que realizara, no encontraría nadie que me ayudara. Esa temible y ronca voz se rió a carcajadas de mí. Un escalofrió pasó, y lo único que quedó en mi cabeza fue mi muerte.
Poco a poco fui guardando la compostura y resignándome. Necesitaba liberar a aquellas personas que estaban atadas, pero por alguna extraña razón, disfrutaba su dolor, ya que yo no sufría en ese momento. Entonces hice lo que realizaba todas las noches en automático: hincarme a rezar. Extrañamente, recordé muchas oraciones, pero ninguna de ellas me explicaba por qué disfrutaba del dolor. Esa voz, como si leyera mi mente, me dijo:
"Las personas miserables necesitan que existan personas más miserables que ellas para sentirse felices."
Me poseyó un temblor incontrolable. Mi mente gritaba: ¿En qué estoy pensando? y ¡Quién carajos es este sujeto! Más desesperado aún, empecé a correr a toda velocidad, pero en todas direcciones me encontraba con una pared, y veía esos rostros llenos de dolor. Conforme más me cansaba, más me reía y disfrutaba de la escena; mi cordura estaba llegando a su límite y no sabía que más hacer para mantener el hilo de la razón.
Me detuve, cerré los ojos y respiré profundamente. Empecé a sentir familiar y cálida esa ronca y temible voz, la cual con un solo discurso me devolvió la cordura:
"Los humanos siempre están hablando sobre los sentimientos. Es como si los tuvieran en sus manos. Pero mi ojo lo ve todo. Nada puede escaparse de él. Lo que no vemos no existe. Así es como siempre he luchado. ¿Qué es el alma? Si te abro el pecho ¿la podre ver? Si te rompo el cráneo ¿lo encontraré ahí? ¿al igual que tu fe? En este momento te has quedado mudo. Ninguno de los que sufren en esta habitación puede responder, ellos por no tener lengua y tú por no tener valor.
Todas las criaturas son incapaces de sobrevivir sin alguien en quien confiar y obedecer. Para escapar de esa presión, aquellos que son superiores a otros, buscan a personas aún más fuertes en las que creer. Así es como nacen los reyes y así es como nace.... dios, producto de nuestra desesperación.
Es por ello que los más fuertes afilan sus colmillos otorgando fe a quien lo va perdiendo todo, siendo esclavos mismos de su libertad. Aún los más grandes luchadores siempre han terminado en la tumba, con la esperanza de alcanzar el cielo cristiano, en el cual no sentirán dolor y podrán obtener lo que merecen, un título absurdo de mártires.
Disfrutas el observar todo esto ¿no? Cada uno ha sido preso del pecado capital de ser humano y eso nos ha otorgado una membresía exclusiva a quemarnos en el infierno y a pasar toda una vida de arrepentimiento, pero es absurdo. Si somos capaces de crear estos conceptos, también somos capaces de salvarnos de ellos. Imponernos el castigo ejemplar para hacer lo que pensamos es el motivo de nuestra existencia: el sufrimiento. También déjame decirte que los aquí presentes están obteniendo lo que desean y en este momento tú te convertiste en su salvador, ya que eres el único motivo que los separa de una muerte de constante purga.
Ni todos los rezos, ni todas las limosnas, ni toda la fe, los ha salvado. Difícilmente serán reconocidos, ya que no han otorgado su vida al poder humano, aquel en el que los superiores deciden quien debe comer.
Cada quien obtiene lo que quiere, y tú serás el que disfrute enviándolos a su más grande sueño. Ésa es la tarea que se te ha encomendado. Aún cuando el supuesto más noble clérigo te violaba, no perdiste la cordura, y escuchaste esta voz que se te otorgó, diciéndote que tú debías poner fin al dolor sin olvidar el sufrimiento que convierte a los héroes… “

Fue ahí donde comprendí tres cosas: la primera, que esa voz estaba dentro de mi cabeza; la segunda, lo que tenía que hacer; y la tercera: que por ese instante yo era Dios.

Profecía autocumplida (Efecto Pigmalión)

Mantis atea
― Pos a mí  no mi ha pasado na’, aunque los dotores juran que tengo diabetis y no se cuánta cosa más― le contaba Consuelo a Pilar.
― Es de que a mi gordo no le ha ido tan bien como a ti. De seguro hasta trato con Satanás has de tener― replicó Pilar en tono burlón, aunque en su cara se veía la más profunda preocupación. ―A él se le sube la azúcar y se pone todo malo, como si se me juera a morir. ¿Qué haría yo sola con tres chamacos? ¿Y si las medicinas ésas sí sirven? ― preguntó Pilar, con todas sus esperanzas depositadas en la última pregunta.
― Ira Pilar, tú haz lo que creas mejor. Yo ya ti dije que esas cosas sólo son para ponerte todo bruto y poder etsperimentar contigo. No me vengas a llorar cuando se haigan puesto a jugar con los sesos del Prudencio o cuando le quieran mochar una oreja― le contestó Consuelo con severidad.
― ¿Y ‘tons qué le hago a su pata? ― preguntó con angustia. ―La tiene toda caliente y morada desde que se raspó en el trabajo y dice que le duele mucho.
― ¡Ay mujer! Hazle lo mismo que a tus chamacos. Ponle tantito lodo fresco en el raspón y vas a ver que en una semana está como nuevo.
― ¿Segura?
― Segura.
Pilar volvió a casa, convencida de que el remedio casero funcionaría. Una semana después, Consuelo recibió una llamada a la mitad de la noche.
― ¡Chelito! ― lloraba Pilar ― ¡Le acaban de mochar la pata a mi Prudencio!

― ¡¿Ves Pilar?! ¡Yo te dije que no lo llevaras con los dotores! ¡Le hicieron lo mismo al marido de Silvia, cuando tampoco me hizo caso!

Perspectiva


Mantis atea
                Él era tan alto que siempre notaba la lluvia antes que los demás, y siempre era el primero en disfrutar del amanecer los días en que el cielo de la Ciudad de México estaba lo suficientemente limpio.
Su follaje, siempre verde, se agitaba con facilidad en cuanto lo alcanzaba una ráfaga de viento. Él se enorgullecía de ser un árbol flexible, pero nunca permitía que alguna de sus hojas se viera caída; todas debían estar siempre erguidas, como si cada una tuviera un músculo tirando de ella. Era cuestión de apariencias. Si alguna osaba apuntar hacia abajo, él la tiraba y la dejaba morir en la tierra, junto al batallón que estaba siempre en guardia junto a su robusto tronco.
Desde su punta podía ver los techos de todos los edificios de la ciudad. Es más, alcanzaba a ver desde los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, hasta las torres de Santa Fe. No importaba el edificio en el que uno estuviera, él llegaba más alto. ¿La torre de Pemex? ¡Bah! ¿El World Trade Center? ¡Por favor! Ningún edificio que tuviera a la vista lo superaba. Él era el punto más alto de la ciudad.

En la mesa junto a la ventana del piso más alto de la Torre Mayor, en su pequeña maceta y custodiado por soldaditos de plomo con todo y caballo, el bonsai soñaba… 

De oficios y de amores

Sauce Llorón
Por oficio es un gran conquistador, aunque él nunca ha querido aceptarlo, pues dice que los conquistadores sólo pretenden cogerse a sus víctimas y él, como buen caballero, no busca eso.
A ratos es fotógrafo, porque plasma la vida en un instante y sobre un pedazo de papel. De repente es pintor y su lienzo es su pecho, ahí guarda una obra que lo hace especial, que lo detiene cuando va viviendo muy a prisa. Algunos médicos lo llaman marcapasos, pero a mí me gusta llamarle “maquinita que echa descargas”. Una vez pasó de repostero a panadero en una frase: “eres tan suave como un bombón, la vida te aplastará. Deberías dejar que te ayude a ser más dura… como una galleta.” Y esa elocuencia me reveló que en él había más personalidades que en ninguna otra persona. Me demostró que es pescador de amoríos, tejedor de ilusiones, cocinero de cuentos y, cuando nos abrazamos, es un tímido soñador por excelencia.

El síndrome que lo obliga a llevar esa maquinita que electrocuta, nos ha enseñado a vivir. A él, la vida le pasa despacio; a mí, me hace abrazarlo como si no hubiera un mañana. A mi tímido soñador, poeta y escritor.