sábado, 30 de julio de 2016

De canciones y criaturas

L

Nacimos durante la primera nevada de invierno, con el primer rayo de luz que atravesó las frondosas ramas de los árboles. Brotamos todas juntas, coloreando la sábana blanca que cubría el bosque. Mis hermanas eran bellísimas, todas iguales; por lo tanto, siempre asumí que yo lo era también. Nos elevamos juntas dejándonos llevar por los brazos del viento y descubrimos su sonido; casi de inmediato cantamos con él, pues éste era siempre claro y directo. En cambio los árboles eran celosos con su música, y sonaban suave, lento; no pasó mucho tiempo para que aprendiéramos las canciones de las flores, de los lagos, de los ríos, los sonidos de la tierra y de la lluvia. Después generamos nuestros propios sonidos, y los sonidos se convirtieron en ideas y nuestras ideas en  canciones, canciones que inundaban el bosque y atraían diversas criaturas. Ellas trajeron nuevos mensajes, ideas, visiones, con sonidos nuevos y emocionantes.
Los intereses de mis hermanas las llevaron a toda clase de lugares: con las agudas águilas más allá de las nubes, con los sensatos topos a lo más profundo de la tierra; conocieron la profundidad de los mares, el olvido del desierto, lugares de nevadas eternas, cráteres, montañas e islas. Algunas avanzaron tanto que se perdieron y ahora solo las recordamos en murmullos, pero yo siempre me quedé en mi bosque. Me sentía atada a él y a todos los seres que aparecían o lo habitaban. Siempre había algo nuevo que aprender.
Un día, en los límites del bosque, se levantó una criatura extraña, que se mantenía sobre dos patas. Los árboles comunicaron el peligro y quedaron mudos, las criaturas se  ocultaron y se hizo el silencio, pero yo, que siempre fui valiente como el viento, con cautela me acerqué a la criatura. Observé por días y semanas sus hábitos extraños, sus movimientos peculiares y su mirada incomprensible, perdida. En algún punto, impulsado por los susurros del viento, me acerqué a él. Al verme, su mirada saltó del miedo a la sorpresa y finalmente a la curiosidad Mis ojos estaban fijos en los suyos, conforme me acercaba, podía sentir nuestros latidos acelerarse, casi sincronizados. Me posé sobre sus labios y sentí el calor de su aliento, como una dulce brisa. De pronto, el calor se hizo luz, la luz dio paso a la oscuridad y mi cuerpo perdió su materialidad. El silencio inmenso del bosque se interrumpió por algo jamás escuchado, algo que el viento llamó palabra y desde entonces, la música del mundo no volvió a ser la misma.



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