viernes, 1 de agosto de 2014

El elegido

Urcono

Abrí los ojos y pareciera como si el simple hecho de moverme fuera toda una proeza, mis manos estaban ensangrentadas y llenas de marcas, no entendía lo que pasaba y entonces quise recordar lo que había sucedido. Pero mi mente estaba en blanco. En cuanto pude levantarme, me di cuenta de que las cosas estaban realmente mal: me encontraba en un sitio con luces tenues, iluminando lo que parecía los límites de una pesadilla, cubierto de grandes cruces con gente clavada en ellas y observándome con desesperación, con el conocimiento de haber cometido el más grande error con el simple hecho de intentar moverse.
De sus cuerpos brotaba su esencia y pareciera que gritaran, pero nadie decía nada. Corrí buscando una puerta. Sólo veía más y más restos de aquellas enormes construcciones llenas de personas sufriendo. Me acerque a una, tratando de preguntar qué era lo que acontecía. Me vio con un tórrido terror, intento gritar, pero cuando abrió la boca, ésta estaba vacía. Asustado, caí hacia atrás y retrocedí hasta que sentí algo húmedo y viscoso en mis manos. Me di cuenta de que eran sus lenguas. Todos ellos me observaban dando gritos mudos. Me reincorporé y con todas mis fuerzas intenté pedir auxilio. Desesperado, empecé a abofetearme para despertar, pero nadie vino ayudarme y yo no salí de esta pesadilla que apenas iniciaba.
Cuando el horror me empezaba a consumir, escuche una voz lejana, la cual, tranquilamente me decía que me callara, poco a poco fui guardando silencio. En el momento en que éste se hizo sepulcral, aquella voz empezó a hablar: me dijo que no había salida de ese lugar, que por más esfuerzo que realizara, no encontraría nadie que me ayudara. Esa temible y ronca voz se rió a carcajadas de mí. Un escalofrió pasó, y lo único que quedó en mi cabeza fue mi muerte.
Poco a poco fui guardando la compostura y resignándome. Necesitaba liberar a aquellas personas que estaban atadas, pero por alguna extraña razón, disfrutaba su dolor, ya que yo no sufría en ese momento. Entonces hice lo que realizaba todas las noches en automático: hincarme a rezar. Extrañamente, recordé muchas oraciones, pero ninguna de ellas me explicaba por qué disfrutaba del dolor. Esa voz, como si leyera mi mente, me dijo:
"Las personas miserables necesitan que existan personas más miserables que ellas para sentirse felices."
Me poseyó un temblor incontrolable. Mi mente gritaba: ¿En qué estoy pensando? y ¡Quién carajos es este sujeto! Más desesperado aún, empecé a correr a toda velocidad, pero en todas direcciones me encontraba con una pared, y veía esos rostros llenos de dolor. Conforme más me cansaba, más me reía y disfrutaba de la escena; mi cordura estaba llegando a su límite y no sabía que más hacer para mantener el hilo de la razón.
Me detuve, cerré los ojos y respiré profundamente. Empecé a sentir familiar y cálida esa ronca y temible voz, la cual con un solo discurso me devolvió la cordura:
"Los humanos siempre están hablando sobre los sentimientos. Es como si los tuvieran en sus manos. Pero mi ojo lo ve todo. Nada puede escaparse de él. Lo que no vemos no existe. Así es como siempre he luchado. ¿Qué es el alma? Si te abro el pecho ¿la podre ver? Si te rompo el cráneo ¿lo encontraré ahí? ¿al igual que tu fe? En este momento te has quedado mudo. Ninguno de los que sufren en esta habitación puede responder, ellos por no tener lengua y tú por no tener valor.
Todas las criaturas son incapaces de sobrevivir sin alguien en quien confiar y obedecer. Para escapar de esa presión, aquellos que son superiores a otros, buscan a personas aún más fuertes en las que creer. Así es como nacen los reyes y así es como nace.... dios, producto de nuestra desesperación.
Es por ello que los más fuertes afilan sus colmillos otorgando fe a quien lo va perdiendo todo, siendo esclavos mismos de su libertad. Aún los más grandes luchadores siempre han terminado en la tumba, con la esperanza de alcanzar el cielo cristiano, en el cual no sentirán dolor y podrán obtener lo que merecen, un título absurdo de mártires.
Disfrutas el observar todo esto ¿no? Cada uno ha sido preso del pecado capital de ser humano y eso nos ha otorgado una membresía exclusiva a quemarnos en el infierno y a pasar toda una vida de arrepentimiento, pero es absurdo. Si somos capaces de crear estos conceptos, también somos capaces de salvarnos de ellos. Imponernos el castigo ejemplar para hacer lo que pensamos es el motivo de nuestra existencia: el sufrimiento. También déjame decirte que los aquí presentes están obteniendo lo que desean y en este momento tú te convertiste en su salvador, ya que eres el único motivo que los separa de una muerte de constante purga.
Ni todos los rezos, ni todas las limosnas, ni toda la fe, los ha salvado. Difícilmente serán reconocidos, ya que no han otorgado su vida al poder humano, aquel en el que los superiores deciden quien debe comer.
Cada quien obtiene lo que quiere, y tú serás el que disfrute enviándolos a su más grande sueño. Ésa es la tarea que se te ha encomendado. Aún cuando el supuesto más noble clérigo te violaba, no perdiste la cordura, y escuchaste esta voz que se te otorgó, diciéndote que tú debías poner fin al dolor sin olvidar el sufrimiento que convierte a los héroes… “

Fue ahí donde comprendí tres cosas: la primera, que esa voz estaba dentro de mi cabeza; la segunda, lo que tenía que hacer; y la tercera: que por ese instante yo era Dios.

Profecía autocumplida (Efecto Pigmalión)

Mantis atea
― Pos a mí  no mi ha pasado na’, aunque los dotores juran que tengo diabetis y no se cuánta cosa más― le contaba Consuelo a Pilar.
― Es de que a mi gordo no le ha ido tan bien como a ti. De seguro hasta trato con Satanás has de tener― replicó Pilar en tono burlón, aunque en su cara se veía la más profunda preocupación. ―A él se le sube la azúcar y se pone todo malo, como si se me juera a morir. ¿Qué haría yo sola con tres chamacos? ¿Y si las medicinas ésas sí sirven? ― preguntó Pilar, con todas sus esperanzas depositadas en la última pregunta.
― Ira Pilar, tú haz lo que creas mejor. Yo ya ti dije que esas cosas sólo son para ponerte todo bruto y poder etsperimentar contigo. No me vengas a llorar cuando se haigan puesto a jugar con los sesos del Prudencio o cuando le quieran mochar una oreja― le contestó Consuelo con severidad.
― ¿Y ‘tons qué le hago a su pata? ― preguntó con angustia. ―La tiene toda caliente y morada desde que se raspó en el trabajo y dice que le duele mucho.
― ¡Ay mujer! Hazle lo mismo que a tus chamacos. Ponle tantito lodo fresco en el raspón y vas a ver que en una semana está como nuevo.
― ¿Segura?
― Segura.
Pilar volvió a casa, convencida de que el remedio casero funcionaría. Una semana después, Consuelo recibió una llamada a la mitad de la noche.
― ¡Chelito! ― lloraba Pilar ― ¡Le acaban de mochar la pata a mi Prudencio!

― ¡¿Ves Pilar?! ¡Yo te dije que no lo llevaras con los dotores! ¡Le hicieron lo mismo al marido de Silvia, cuando tampoco me hizo caso!

Perspectiva


Mantis atea
                Él era tan alto que siempre notaba la lluvia antes que los demás, y siempre era el primero en disfrutar del amanecer los días en que el cielo de la Ciudad de México estaba lo suficientemente limpio.
Su follaje, siempre verde, se agitaba con facilidad en cuanto lo alcanzaba una ráfaga de viento. Él se enorgullecía de ser un árbol flexible, pero nunca permitía que alguna de sus hojas se viera caída; todas debían estar siempre erguidas, como si cada una tuviera un músculo tirando de ella. Era cuestión de apariencias. Si alguna osaba apuntar hacia abajo, él la tiraba y la dejaba morir en la tierra, junto al batallón que estaba siempre en guardia junto a su robusto tronco.
Desde su punta podía ver los techos de todos los edificios de la ciudad. Es más, alcanzaba a ver desde los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, hasta las torres de Santa Fe. No importaba el edificio en el que uno estuviera, él llegaba más alto. ¿La torre de Pemex? ¡Bah! ¿El World Trade Center? ¡Por favor! Ningún edificio que tuviera a la vista lo superaba. Él era el punto más alto de la ciudad.

En la mesa junto a la ventana del piso más alto de la Torre Mayor, en su pequeña maceta y custodiado por soldaditos de plomo con todo y caballo, el bonsai soñaba… 

De oficios y de amores

Sauce Llorón
Por oficio es un gran conquistador, aunque él nunca ha querido aceptarlo, pues dice que los conquistadores sólo pretenden cogerse a sus víctimas y él, como buen caballero, no busca eso.
A ratos es fotógrafo, porque plasma la vida en un instante y sobre un pedazo de papel. De repente es pintor y su lienzo es su pecho, ahí guarda una obra que lo hace especial, que lo detiene cuando va viviendo muy a prisa. Algunos médicos lo llaman marcapasos, pero a mí me gusta llamarle “maquinita que echa descargas”. Una vez pasó de repostero a panadero en una frase: “eres tan suave como un bombón, la vida te aplastará. Deberías dejar que te ayude a ser más dura… como una galleta.” Y esa elocuencia me reveló que en él había más personalidades que en ninguna otra persona. Me demostró que es pescador de amoríos, tejedor de ilusiones, cocinero de cuentos y, cuando nos abrazamos, es un tímido soñador por excelencia.

El síndrome que lo obliga a llevar esa maquinita que electrocuta, nos ha enseñado a vivir. A él, la vida le pasa despacio; a mí, me hace abrazarlo como si no hubiera un mañana. A mi tímido soñador, poeta y escritor.

El último vuelo

Sauce Llorón

“25 de junio
Hace dos días te dije que ya no puedo más, que estoy harto de mí. Harto de que te desveles porque yo no puedo dormir, de que no salgas porque no puedo ducharme solo. Te advertí que era la última vez que pasaría por alto ese tipo de descuidos tuyos, y mírame, aquí estoy escribiéndote esta carta, cumpliendo mis promesas. Estoy solo y con las luces apagadas, apoyado en la mesa de cristal del jardín. Todo el ambiente despide el aroma del huele de noche y me fascina, siento que puedo volar. El aire me toma entre sus brazos y me enseña el techo de la casa. ¡Mira! El jardín desde aquí arriba se ve espectacular, está lleno de rosas y girasoles… por fin florecieron. No pudiste aterrizar de mejor manera esa idea de la azotea verde, ojalá puedas subir a verla mañana. Voy más alto y no puedo distinguir mucho, pero ahora las estrellas se ven más grandes y brillantes, ¡es todo un espectáculo, mi pequeña! Los colores son muy vivos, las galaxias son remolinos amarillos, turquesa, morados… ¡muchos morados, como te gusta! No vas a creerlo, pero acabo de ver una estrella risueña, tenía rizos como los tuyos e iba montada en un caballo azul con crin plateada… no dudaría ni por un segundo que esa hayas sido tú, traviesa; te encanta meterte en mis sueños y hacer de las tuyas. Me acuerdo que una vez jalaste mi pierna e hiciste que regresara de un vuelo parecido a este.
Voy bajando, poco a poco. El viento me regresa a la silla fría, las estrellas están quedando atrás y otra vez veo el jardín. Ya puedo ver la luz de mi computadora. Tu sonrisa me tranquilizó, mi estrellita, ahora sé que tú también estás lista. Me da gusto que estés durmiendo, así yo también voy a poder dormir. Cuando me extrañes, cierra tus ojitos y viaja a ese universo al que me llevó el viento, ahí voy a estar esperándote siempre. Te amo.”

Y al terminar de leer, entre lágrimas y sollozos, le susurré “yo también viajé allá en sueños, abuelo, y juraría que la estrella de rizos que viste, es la misma que me miró a mí, pero ¿sabes? Tenía tus ojos.”

Experimentos

Iridiscente
Mujer, 23 años. Lleva tres meses con el tratamiento. Presenta problemas nocturnos de sueño y constantes alucinaciones. Inicia la grabación:
“Era de noche, decidí ir a la cama. Percibí mis pasos lentos y pesados, ah, cerré mis ojos un instante y dejé de estar ahí, ¡no estaba en mi cama! Caminaba por la calle, am… la acera estaba sucia, m-me prometieron una mejor vida, ellos… sí. Cada verano, sin embargo, la pesadilla se repite, en especial por las noches. Pestañeo y estoy en casa, ladeo un  poco la cabeza y vuelvo a la calle, eh… en esos instantes siento un espasmo recorrer mi mano derecha. Minutos después el espasmo se convierte en una acción. Estoy constriñendo su garganta, pero no está muerto y me digo algo, me lo grito eufóricamente: ¿Qué era eso?... no, no puedo recordarlo. ¿Lo maté?, yo… ¿Dó-dónde estoy?”

Fin de la grabación. La droga parece surtir efecto con daño colateral. Se recomienda modificar la dosis y reajustar la fórmula. 

Restauración

Iridiscente


Me senté frente a él; pedí permiso de tocarlo. Me respondió amablemente con un silencio. Chequé su historial, para conocer cualquier daño previo fuera de mi conocimiento. Rápido tomé el bisturí y empecé a regresarle la vida, en mi faceta de "cirujano". A continuación, pincel en mano, intenté reponer un poco de su magia. Semanas después había terminado. Cuando se exhibió, pude notar el flamante marco que le había diseñado. Me sentí orgulloso, mi trabajo había terminado: la pintura estaba lista.

El último galope

Black Swan
Lina se encontraba con la mirada perdida y una sonrisa en el rostro. Esa mujer que un día había sido la mejor jinete, hoy esperaba su final.
En su mente comenzó a plasmarse un recuerdo: una tarde de verano de 1960, cuando salió de la cabaña para sentir la lluvia tocando su piel, feliz, decidida,  y directo hacia el establo. En él, ensilló a Furia, su yegua purasangre, y la montó.
Salió a todo galope para recorrer el bosque. Disfrutaba sentír el movimiento de cada músculo de aquel animal. Recordando todas aquellas sensaciones juntas, de repente, todo se desdibujó; escucho movimiento a su alrededor y al abrir los ojos descubrió que se trataba de los trabajos de reanimación para regresarla a la vida.

De nuevo recordó a Furia y la felicidad que sentía al montarla. Aquel recuerdo concordó con el último latido de su corazón y su suspiro final.

¡OFERTÓN!

Black Swan
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Saeta

Louis
Nunca había sentido tanto frio. Fue solo un pinchazo en un costado, sentir mis tripas volar  y un cerrar de ojos. Luego vi tres puntos luminosos de un rojizo purpura difuminándose. Luz. Y luego nada.
Cuando desperté, me di cuenta de que ya tenía los ojos abiertos. Intenté ponerme de pie y supe que ya pertenecía a todas partes. Si perdía la concentración un momento, era una hoja, o el árbol completo. Era un rayo, un haz de sol, o el ronroneo de un gato, o el gato mismo. Sonreí y me sentí feliz al saber que la vida después de la muerte sigue siendo la vida que conocí (esto implica una vida con muchos huecos, incluso las circunstancias que terminaron conmigo son nebulosas), pero  esta vez, la oportunidad de ser lo que desconocí fluye a torrentes.
 Me dediqué entonces a vagar por el mundo. Fui un idioma, un libro y una flor.  Me construí de nuevo como un fantasma que no sabía que se podía ser, sin grilletes, con arterias de plástico y un corazón imaginario. Entonces fui el poema de los volcanes del centro de México y fui el fuego y la ceniza y yo otra vez, sin realmente volver a ser el mismo.
Había días que lograba estar en varias partes por un segundo, me ponía a escuchar los ruidos de los planetas al mismo tiempo que era un beso. Otras veces me ponía travieso y jugaba a levantarles la falda a las niñas con pecas, ayudaba a doctores y científicos siendo un haz de rayos equis, o un láser, o un potencial de acción.
Aun después de tantos prodigios descubiertos, me di cuenta de que lo que más me gustaba  era ser música triste, me gustaba “revivir” en el tono rasposo de aquella cantante de jazz con heroína corriendo por sus venas. Sólo una vez me  atreví a ser la heroína misma, y no lo repetiré, porque hace que me sienta triste y la cosa es terrible cuando me pongo triste, me da por volverme cáncer, me da por ser flatulencias.
Había algo extraño en los clubes de jazz, podía sentarme en una mesa vacía a ser yo mismo y percibir ese cosquilleo helado en la faringe, la lengua adormecida por el alcohol, la danza del humo de cigarrillos letales y la música, la música, ¡la música!

El día que empecé a interesarme por la física, miraba una clase de tiro, una chica pequeñita sostenía con dificultad un gran trozo de fibra de vidrio transmutado en un arco. Con el pulgar y el índice lo acercaba a su pecho e intentaba tensar la cuerda, afinó la córnea, cerró el ojo derecho y disparó. Fui la primera flecha errada de la tarde. Viajé setenta metros lejos de la diana, escuché que ella dijo “mierda”, pero caminó por otra flecha con una actitud que admiré. Su instructor era viejo, pintaba canas y caminaba lento. Tenía manchas de vitiligo que intentaba cubrir con una gorra que le quedaba grande. Le dio algunos consejos, le dijo al oído que nunca apuntara a la diana, que calculara los movimientos de la flecha y que remojara un poco las plumas con un poco de saliva. Fui la flecha de nuevo y ésta vez tampoco di en el blanco. El trayecto me pareció tan fresco y certero… la niña esta vez no dijo nada, había estado cerca. Me sentí feliz, me sentí vivo por segunda vez. Me pregunté si al siguiente tiro, sería la flecha que daría en el blanco.

Objetos sagrados

Louis
Julia tamborileaba los dedos sobre el volante de un Impala blanco, mientras esperaba entre penumbras vigilando la ventana del departamento 4-B. Pensaba en el tiempo transcurrido, estirándolo mediante recuerdos de lugares y cicatrices y se decía a sí misma, a manera de mantra espinado, que 6 meses suelen ser mucho más largos. Cuando intentó encender la radio, se dio cuenta de que el carro no contaba con una. Prendió un cigarro y salió a fumárselo bajo la luz amarilla de un poste enmarañado. Hacía frío y castañeaba los dientes. No había estrellas. No se podía decir que se sentía nerviosa, pero tal vez ansiosa era la palabra que encajaba. Pensó que aquella podría ser su última noche en esta tierra y quiso escribir su testamento, pero luego sonrió y comenzó una nueva lista, de esas que tanto divertían a Francisco:
Lista número (…) “mis películas favoritas”
-          “Serengueti”: 2 chicos angoleños se disfrazan de pájaros azules e intentan asaltar el banco nacional de Tanzania. Luego de una chusca pelea donde se baten por quién debía sostener la única pistola con la que contaban, todo vuelve a complicarse, pues en medio del caos, Obu –uno de los ladrones- descubre que la cajera del banco es su hermana embarazada.

-          “Lagunilla, mi barrio” (cine de ficheras): una postal de la vida relajada y llena de albures de Don Fernando, dueño de un local en el famoso y extenso mercado de la lagunilla. De día, un local de máquinas de escribir, de noche un antro de brujería. Las máquinas de escribir estaban diseñadas para repicar la campana de fin de renglón cuando alguien escribiera la palabra “Diablo”.

-           “Les amants de ponts des arts”: A sus 45 años, Lautaro vive obsesionado con el scherzo 31 de Chopin. Un día, mientras exploraba una vieja librería de París, descubre una pequeña caja de música con grabados egipcios que tocaba exactamente la misma melodía nostálgica de sus aficiones. Un antropólogo griego le ayuda a descifrar el grabado del dispositivo musical: “quien pueda acomodar correctamente las notas menores de la caja de música, tendrá acceso al cerebro del dios Osiris”.
(Esta cinta maravillaba a Julia de una extraña manera. Rodada en blanco y negro en 1951, los hechos posteriores a su estreno fueron, por demás, perturbadores. Sir Jensen Pitwick, director del film, sin tener conocimientos previos del tema, comenzó a comunicarse en un extraño lenguaje. Algunos aseguran que fue náhuatl, otros que simplemente gruñía. Luego desapareció en una densa nube de arena del Cairo. Posteriormente, en su diario se encontraron descripciones de 7 objetos que guardaban la consciencia de Dios.)

-          “Planet nine from outer space”: la peor película de la historia.
(Le gustaba a Julia solo cuando tenía un poco de mariguana a su alcance  –estuvo a punto de dejarla fuera de la lista, pero recordó todas las horas que rió sin parar al verla-. La escena del cementerio provoca una intensa incomodidad, acentuada por los efectos del tetrahidrocannabinol, no se recomienda a paranoicos.)
-          “Before sunrise”: Un joven periodista norteamericano (que acaba de romper con su novia) y una estudiante francesa guapísima, se conocen casualmente en el tren Budapest-París y entablan conversación. A raíz de esto, ambos se embarcan en una expedición por Viena.
(Esta película era muy importante en la vida de Julia, pues una vez vista, cambió para siempre su idealización del amor.)
-          “El cuarto de las arañas” (documental acerca de la lycosa tarentula): durante el siglo XIII, la enfermedad de las arañas azotó la Europa medieval, casi la mitad del pueblo recibió un aguijonazo. Los síntomas: trastornos convulsivos e histeria colectiva, cuyo único remedio sería una danza purificadora, “la taranta”. La frase final del documental dice: guardare i ragni sul soffitto, que en español se lee como: “miren las arañas en el techo”.

-          “Ghost dog”: un negro del Bronx realiza asesinatos para mafiosos italianos, los contratos se realizan a través de una paloma mensajera. Obsesionado con la cultura de los samuráis, después de un malentendido entre mafiosos, ghost dog debe proteger a su nueva amiga, una niña de 8 años que lee a Octavio Paz.

Julia divisó la ventana del edificio, la luz seguía encendida y dibujaba contornos humanos, siluetas que parecían discutir. La lista continuaba. A Julia le divirtió aquella capacidad creativa justamente en esos momentos tan críticos.
Lista “g”. Mis discos favoritos.
-          Nobles como palomas, precavidos como serpientes: serie de canciones universitarias compuestas con el método dadaísta (escritura automática). Destaca una oda a los analgésicos antiinflamatorios no asteroideos, llamada Aspirina.
-          La serena colisión: un programa de radio desde la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla. Repertorio: canciones rancheras.
-          Unísono: las desventuras de un cronista de futbol, amante del latin jazz.
-          Raw power: Iggy pop and the stooges. Disco seminal de la escena punk, le recordaba la secundaria y la época en que era adicta a la heroína.

El lápiz se quebró y la lista quedó manchada con moronas de grafito. En la ventana, Julia ya no vio nada. Corrió a encender el impala y tiró la lista en la banqueta. Se escucharon disparos, Julia recogió a Francisco en la puerta del edificio y aceleró. Nadie venía detrás de ella. Después de recorrer varios metros a toda velocidad, Julia lo miró por el retrovisor: Francisco tenía la camisa ensangrentada. Con los dedos acariciaba un revolver, a su lado había un maletín con un ojo pintado. Julia se detuvo y trató de ayudarlo pero era inútil, Francisco ya no respiraba. Entonces Julia cogió el maletín. Adentro había una caja de música.

Filtros

gremlin
Al principio, la vida fue blanca. Poco a poco, fui captando el significado de los sonidos, los olores, el tacto y las imagénes, y la vida se empezó a colorear. Pero cuando aquello empezaba a iluminarse, un ente lo transformó en gris. El plomizo color dominó mi vida, cada vez más denso, mientras sufría el rechazo y el desprecio, sin haber motivo. 
El gris se condensó y se transformó en negro profundo cuando apareció otro monstruo en mi vida, que amenazaba todos los días con devorarme, aplastarme, destruirme..., dependiendo del humor del que se encontrara. 
Un día, envuelto en la oscuridad, les hice frente y luego huí lejos de los engendros. Pero las nubes que oscurecieron mi cielo no se despejaban. Se me habían pegado al cuerpo, como la ropa en un día caluroso, como el lodo a los zapatos, como las telarañas cuando no las ves y acabas atrapado. 
Empecé a darme cuenta de que podía quitármelas cuando volví a ver al monstruo mayor, y supe que nunca fue tan grande, tan terrible, ni tan poderoso como yo lo recordaba; lo que sucedió es que yo era pequeño, indefenso y frágil cuando llegó a mi cosmos. 
Con esa visión, busqué dentro de mí, y para mi sorpresa, encontré un furioso color rojo, que sumado al imponente negro, dominaban cada aspecto de mi vida, luchando sin sentido contra todo lo demás, sin permitir nada distinto a ellos. Poco a poco, con mucho esfuerzo, los fui sometiendo, hasta que entró primero, muy a fuerza, abriéndose camino, el verde; luego lograron colarse el amarillo y el azul, y finalmente, ya con menor dificultad, casi todos los demás. 
Hoy el monstruo mayor está a punto de morir. Eso no ha agregado, ni tampoco quitado, luminosidad a mi espectro. Me alegra saber que ya no tiene poder sobre mí. 

Sin embargo, dejó una cicatriz: nunca, jamás, podrá entrar en este universo el color rosa. 

Pérdida inexplicable


gremlin

Los agentes de la ley fueron sorprendidos por un extraño fenómeno: se les reportó que al arcoiris le faltaba el color amarillo. Lo buscaron exhaustivamente, sin hallarlo. Muy despacio, el arco incompleto fue desapareciendo de la vista, conforme anochecía.

Esto no fue impedimento para celebrar la fiesta de disfraces del pueblo, en la que los ganadores del concurso fueron la familia de unicornios: lucían unos resplandecientes trajes de sol.