gremlin
Al principio, la vida fue blanca. Poco a poco, fui captando
el significado de los sonidos, los olores, el tacto y las imagénes, y la vida
se empezó a colorear. Pero cuando aquello empezaba a iluminarse, un ente lo
transformó en gris. El plomizo color dominó mi vida, cada vez más denso,
mientras sufría el rechazo y el desprecio, sin haber motivo.
El gris se condensó y se transformó en negro profundo cuando
apareció otro monstruo en mi vida, que amenazaba todos los días con devorarme,
aplastarme, destruirme..., dependiendo del humor del que se encontrara.
Un día, envuelto en la oscuridad, les hice frente y luego
huí lejos de los engendros. Pero las nubes que oscurecieron mi cielo no se
despejaban. Se me habían pegado al cuerpo, como la ropa en un día caluroso,
como el lodo a los zapatos, como las telarañas cuando no las ves y acabas
atrapado.
Empecé a darme cuenta de que podía quitármelas cuando volví
a ver al monstruo mayor, y supe que nunca fue tan grande, tan terrible, ni tan
poderoso como yo lo recordaba; lo que sucedió es que yo era pequeño, indefenso
y frágil cuando llegó a mi cosmos.
Con esa visión, busqué dentro de mí, y para mi sorpresa,
encontré un furioso color rojo, que sumado al imponente negro, dominaban cada
aspecto de mi vida, luchando sin sentido contra todo lo demás, sin permitir
nada distinto a ellos. Poco a poco, con mucho esfuerzo, los fui sometiendo,
hasta que entró primero, muy a fuerza, abriéndose camino, el verde; luego
lograron colarse el amarillo y el azul, y finalmente, ya con menor dificultad,
casi todos los demás.
Hoy el monstruo mayor está a punto de morir. Eso no ha
agregado, ni tampoco quitado, luminosidad a mi espectro. Me alegra saber que ya
no tiene poder sobre mí.
Sin embargo, dejó una cicatriz: nunca, jamás, podrá entrar
en este universo el color rosa.
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