viernes, 1 de agosto de 2014

Perspectiva


Mantis atea
                Él era tan alto que siempre notaba la lluvia antes que los demás, y siempre era el primero en disfrutar del amanecer los días en que el cielo de la Ciudad de México estaba lo suficientemente limpio.
Su follaje, siempre verde, se agitaba con facilidad en cuanto lo alcanzaba una ráfaga de viento. Él se enorgullecía de ser un árbol flexible, pero nunca permitía que alguna de sus hojas se viera caída; todas debían estar siempre erguidas, como si cada una tuviera un músculo tirando de ella. Era cuestión de apariencias. Si alguna osaba apuntar hacia abajo, él la tiraba y la dejaba morir en la tierra, junto al batallón que estaba siempre en guardia junto a su robusto tronco.
Desde su punta podía ver los techos de todos los edificios de la ciudad. Es más, alcanzaba a ver desde los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, hasta las torres de Santa Fe. No importaba el edificio en el que uno estuviera, él llegaba más alto. ¿La torre de Pemex? ¡Bah! ¿El World Trade Center? ¡Por favor! Ningún edificio que tuviera a la vista lo superaba. Él era el punto más alto de la ciudad.

En la mesa junto a la ventana del piso más alto de la Torre Mayor, en su pequeña maceta y custodiado por soldaditos de plomo con todo y caballo, el bonsai soñaba… 

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