Mantis atea
Él era
tan alto que siempre notaba la lluvia antes que los demás, y siempre era el
primero en disfrutar del amanecer los días en que el cielo de la Ciudad de
México estaba lo suficientemente limpio.
Su follaje, siempre verde, se agitaba con facilidad en
cuanto lo alcanzaba una ráfaga de viento. Él se enorgullecía de ser un árbol
flexible, pero nunca permitía que alguna de sus hojas se viera caída; todas
debían estar siempre erguidas, como si cada una tuviera un músculo tirando de
ella. Era cuestión de apariencias. Si alguna osaba apuntar hacia abajo, él la
tiraba y la dejaba morir en la tierra, junto al batallón que estaba siempre en
guardia junto a su robusto tronco.
Desde su punta podía ver los techos de todos los edificios
de la ciudad. Es más, alcanzaba a ver desde los aviones despegando y
aterrizando en el aeropuerto, hasta las torres de Santa Fe. No importaba el edificio
en el que uno estuviera, él llegaba más alto. ¿La torre de Pemex? ¡Bah! ¿El
World Trade Center? ¡Por favor! Ningún edificio que tuviera a la vista lo
superaba. Él era el punto más alto de la ciudad.
En la mesa junto a la ventana del piso más alto de la Torre
Mayor, en su pequeña maceta y custodiado por soldaditos de plomo con todo y
caballo, el bonsai soñaba…
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