Mantis atea
― Pos a mí no mi ha
pasado na’, aunque los dotores juran que tengo diabetis y no se cuánta cosa
más― le contaba Consuelo a Pilar.
― Es de que a mi gordo no le ha ido tan bien como a ti. De
seguro hasta trato con Satanás has de tener― replicó Pilar en tono burlón,
aunque en su cara se veía la más profunda preocupación. ―A él se le sube la azúcar
y se pone todo malo, como si se me juera a morir. ¿Qué haría yo sola con tres
chamacos? ¿Y si las medicinas ésas sí sirven? ― preguntó Pilar, con todas sus
esperanzas depositadas en la última pregunta.
― Ira Pilar, tú haz lo que creas mejor. Yo ya ti dije que
esas cosas sólo son para ponerte todo bruto y poder etsperimentar contigo. No
me vengas a llorar cuando se haigan puesto a jugar con los sesos del Prudencio
o cuando le quieran mochar una oreja― le contestó Consuelo con severidad.
― ¿Y ‘tons qué le hago a su pata? ― preguntó con angustia.
―La tiene toda caliente y morada desde que se raspó en el trabajo y dice que le
duele mucho.
― ¡Ay mujer! Hazle lo mismo que a tus chamacos. Ponle
tantito lodo fresco en el raspón y vas a ver que en una semana está como nuevo.
― ¿Segura?
― Segura.
Pilar volvió a casa, convencida de que el remedio casero
funcionaría. Una semana después, Consuelo recibió una llamada a la mitad de la
noche.
― ¡Chelito! ― lloraba Pilar ― ¡Le acaban de mochar la pata a
mi Prudencio!
― ¡¿Ves Pilar?! ¡Yo te dije que no lo llevaras con los
dotores! ¡Le hicieron lo mismo al marido de Silvia, cuando tampoco me hizo
caso!
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