viernes, 1 de agosto de 2014

El elegido

Urcono

Abrí los ojos y pareciera como si el simple hecho de moverme fuera toda una proeza, mis manos estaban ensangrentadas y llenas de marcas, no entendía lo que pasaba y entonces quise recordar lo que había sucedido. Pero mi mente estaba en blanco. En cuanto pude levantarme, me di cuenta de que las cosas estaban realmente mal: me encontraba en un sitio con luces tenues, iluminando lo que parecía los límites de una pesadilla, cubierto de grandes cruces con gente clavada en ellas y observándome con desesperación, con el conocimiento de haber cometido el más grande error con el simple hecho de intentar moverse.
De sus cuerpos brotaba su esencia y pareciera que gritaran, pero nadie decía nada. Corrí buscando una puerta. Sólo veía más y más restos de aquellas enormes construcciones llenas de personas sufriendo. Me acerque a una, tratando de preguntar qué era lo que acontecía. Me vio con un tórrido terror, intento gritar, pero cuando abrió la boca, ésta estaba vacía. Asustado, caí hacia atrás y retrocedí hasta que sentí algo húmedo y viscoso en mis manos. Me di cuenta de que eran sus lenguas. Todos ellos me observaban dando gritos mudos. Me reincorporé y con todas mis fuerzas intenté pedir auxilio. Desesperado, empecé a abofetearme para despertar, pero nadie vino ayudarme y yo no salí de esta pesadilla que apenas iniciaba.
Cuando el horror me empezaba a consumir, escuche una voz lejana, la cual, tranquilamente me decía que me callara, poco a poco fui guardando silencio. En el momento en que éste se hizo sepulcral, aquella voz empezó a hablar: me dijo que no había salida de ese lugar, que por más esfuerzo que realizara, no encontraría nadie que me ayudara. Esa temible y ronca voz se rió a carcajadas de mí. Un escalofrió pasó, y lo único que quedó en mi cabeza fue mi muerte.
Poco a poco fui guardando la compostura y resignándome. Necesitaba liberar a aquellas personas que estaban atadas, pero por alguna extraña razón, disfrutaba su dolor, ya que yo no sufría en ese momento. Entonces hice lo que realizaba todas las noches en automático: hincarme a rezar. Extrañamente, recordé muchas oraciones, pero ninguna de ellas me explicaba por qué disfrutaba del dolor. Esa voz, como si leyera mi mente, me dijo:
"Las personas miserables necesitan que existan personas más miserables que ellas para sentirse felices."
Me poseyó un temblor incontrolable. Mi mente gritaba: ¿En qué estoy pensando? y ¡Quién carajos es este sujeto! Más desesperado aún, empecé a correr a toda velocidad, pero en todas direcciones me encontraba con una pared, y veía esos rostros llenos de dolor. Conforme más me cansaba, más me reía y disfrutaba de la escena; mi cordura estaba llegando a su límite y no sabía que más hacer para mantener el hilo de la razón.
Me detuve, cerré los ojos y respiré profundamente. Empecé a sentir familiar y cálida esa ronca y temible voz, la cual con un solo discurso me devolvió la cordura:
"Los humanos siempre están hablando sobre los sentimientos. Es como si los tuvieran en sus manos. Pero mi ojo lo ve todo. Nada puede escaparse de él. Lo que no vemos no existe. Así es como siempre he luchado. ¿Qué es el alma? Si te abro el pecho ¿la podre ver? Si te rompo el cráneo ¿lo encontraré ahí? ¿al igual que tu fe? En este momento te has quedado mudo. Ninguno de los que sufren en esta habitación puede responder, ellos por no tener lengua y tú por no tener valor.
Todas las criaturas son incapaces de sobrevivir sin alguien en quien confiar y obedecer. Para escapar de esa presión, aquellos que son superiores a otros, buscan a personas aún más fuertes en las que creer. Así es como nacen los reyes y así es como nace.... dios, producto de nuestra desesperación.
Es por ello que los más fuertes afilan sus colmillos otorgando fe a quien lo va perdiendo todo, siendo esclavos mismos de su libertad. Aún los más grandes luchadores siempre han terminado en la tumba, con la esperanza de alcanzar el cielo cristiano, en el cual no sentirán dolor y podrán obtener lo que merecen, un título absurdo de mártires.
Disfrutas el observar todo esto ¿no? Cada uno ha sido preso del pecado capital de ser humano y eso nos ha otorgado una membresía exclusiva a quemarnos en el infierno y a pasar toda una vida de arrepentimiento, pero es absurdo. Si somos capaces de crear estos conceptos, también somos capaces de salvarnos de ellos. Imponernos el castigo ejemplar para hacer lo que pensamos es el motivo de nuestra existencia: el sufrimiento. También déjame decirte que los aquí presentes están obteniendo lo que desean y en este momento tú te convertiste en su salvador, ya que eres el único motivo que los separa de una muerte de constante purga.
Ni todos los rezos, ni todas las limosnas, ni toda la fe, los ha salvado. Difícilmente serán reconocidos, ya que no han otorgado su vida al poder humano, aquel en el que los superiores deciden quien debe comer.
Cada quien obtiene lo que quiere, y tú serás el que disfrute enviándolos a su más grande sueño. Ésa es la tarea que se te ha encomendado. Aún cuando el supuesto más noble clérigo te violaba, no perdiste la cordura, y escuchaste esta voz que se te otorgó, diciéndote que tú debías poner fin al dolor sin olvidar el sufrimiento que convierte a los héroes… “

Fue ahí donde comprendí tres cosas: la primera, que esa voz estaba dentro de mi cabeza; la segunda, lo que tenía que hacer; y la tercera: que por ese instante yo era Dios.

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